Durante muchos años, en mi vida como ciudadano corporativo, transité el mundo con un tablero cuyas fichas representaban mis valores; ingenuamente asumí que el paseo sería placentero y sin tropiezos.
Pero aquel doloroso dos de diciembre de 2011, con la partida de mi muchacho, la vida me salió al paso desde los arbustos. Con una sonrisa traviesa y pícara, golpeó mi tablero y dispersó todas mis fichas. Me quedé pasmado mientras ella se escondía. Ese alto abrupto me obligó a reflexionar sobre lo que yacía en el suelo: recogí las fichas que seguían siendo esenciales —mi familia, mi fe, mis amigos— y dejé atrás aquellas que perdieron su brillo —el éxito vacío, el poder, la vanagloria—.
En su lugar, encontré nuevas piezas que antes no veía: una fe renovada y fortalecida, un propósito de vida. Entendí que en el camino hay pérdidas, pero también ganancias. Aquel golpe despertó en mí la pasión por el coaching y en los últimos años por la escritura.
Hoy, aunque el dolor permanece, disfruto cada paso; escribir me ha permitido plasmar las historias que he vivido y también las que se me ocurren.
Sé que la vida puede volver a impactar mi tablero, pero la diferencia es que ahora sé exactamente qué fichas volveré a levantar.